El órgano aflijido

El órgano afligido

En las postrimerías de los ochenta tuve la suerte de visitar en Sevilla la exposición Reconocimientos del artista neoexpresionista Julian Schnabel (Nueva York, 1951). Las obras, creadas ad hoc para el lugar -un antiguo convento, El Carmen, posteriormente desamortizado y reconvertido en cuartel y más tarde en hospital militar- consistían en una inquietante colección de pinturas sobre gastadas lonas de colores verde caqui y marrón pardo, de origen militar la mayoría (tiendas de campaña y cubiertas de camiones), además de algunas procedentes de rings de boxeo.

Sobre ellas se dibujaban de manera unas veces delicada, otras salvaje, siempre intensa, líneas y manchas, en su mayoría de gesso blanco y óleo, complementadas con adiciones diversas: estandartes religiosos, trozos de espejo, dibujos objetuales más o menos realistas, etc. Pero, sobre todo, palabras: nombres propios e ideas fuerza de fortísima carga simbólica. Todo ello ligado, como iría comprendiendo al sumergirme en la muestra a la par que recorría el ruinoso edificio, a la secularmente compleja relación entre religión y poder.

Así, podíamos leer Ignatius de Loyola o Spinoza, entre los nombres. En el grupo de los conceptos asociados con imágenes, una obra me produjo especial impacto (de ahí que a día de hoy aún la rememore y la utilice en esta introducción): junto al dibujo esquemático, en negativo y positivo, de un corazón humano, el artista había escrito con caracteres capitales, algunos de ellos reflejados horizontalmente, THE AFFLICTED ORGAN1. Un espejo y un banderín de seda roja con una Biblia y una balanza alusiva a la Justicia, bordadas, completaban la obra, que con sus más de 4 metros de ancho y más de 3 de alto cubría toda una pared.

El título y la composición me produjeron una enorme desazón y una gran excitación mental y anímica, tanto por lo que entendía como por lo que no. Sobre todo por lo que no y, más allá, por lo que intuía.

Los antiguos egipcios consideraban al corazón el receptáculo del alma y la consciencia. En el ritual de momificación era el único órgano, con los riñones, que se dejaba dentro del cuerpo del difunto. El resto se lavaba y envasaba en los llamados vasos canopos. El cerebro, por su parte, apenas merecía atención, extrayéndose a través de los orificios nasales, para ser a continuación desechado.

La palabra castellana concordia procede del latín cordis, corazón, y significa literalmente «sentir con [otro]». En el habla popular, decimos «corazón roto»2 o «dolor de corazón» para referirnos a la pena, al desconsuelo.

Es obvio que estas últimas consideraciones guardan relación con la sensación plenamente física de dolor, de tipo atenazador, que se percibe en la zona del esternón en momentos de intenso estrés o esfuerzo (y que puede deparar una angina de pecho o un infarto, por reducción del riego coronario). Es también evidente que esta respuesta y sus consecuencias derivan del propio fenómeno estresante y del aumento en la producción de cortisol. Y que el estrés puede ser generado por la pena, el miedo, la ansiedad, etc., encontrándonos con que una situación anímica puede deparar un daño físico, a veces severo y permanente.

Pero, ¿podría haber algo más? ¿es todo el dolor producto de la respuesta cerebral a un estímulo periférico o podría existir un grado de «consciencia de dolor», de aflicción, a nivel local? ¿Podría el corazón sufrir per se? ¿Podría sentir per se?

Recientes investigaciones señalan la presencia de neuronas en lugares tan insospechados del organismo (por su carácter ajeno al sistema nervioso central) como el estómago; y en el propio corazón, donde se estima la existencia de hasta 60.000 de aquellas, así como de una compleja red de neurotransmisores. Sabido es que esta víscera guarda un estrecho equilibrio con el cerebro, en los planos hormonal, nervioso y eléctrico, pero ¿es un mero instrumento pasivo de aquel?

La evidencia de esta presencia neuronal insinúa la posibilidad de plantear una descentralización del procesado de la información, y hasta de la consciencia. Empezaríamos a hablar de «inteligencias locales», que incluso podrían explicar parte de la relativa autonomía de algunos sistemas. No nos referimos aquí a los procesos simpáticos (automáticos y necesarios para la vida) sino de otros más elevados y abstractos, como pueden ser la escritura o el modelado artístico, o las caricias, donde las neuronas especializadas del sistema periférico podrían tener una función cognitiva más allá de la meramente sensorial, que nos haría, por ejemplo, apartar la mano del fuego ante la sensación de calor (actos reflejos), o acercarlas a lo deseado, cuando «se nos van las manos» hacia ello.

Por otro lado, ¿no son los sentidos, todos ellos, la base del conocimiento del entorno y por tanto el origen de lo que denominamos consciencia? La RAE define consciencia, en su primera acepción, como la capacidad del ser humano de reconocer la realidad circundante y de relacionarse con ella; y en la segunda, como el conocimiento inmediato o espontáneo que el sujeto tiene de sí mismo, de sus actos y reflexiones.

La consideración sobre los sentidos merece una reflexión aparte: habitualmente nos referimos a la vista y al oído como los sentidos a distancia por excelencia, aquellos que nos permiten percibir lo lejano y lo cercano, y tomar consciencia de ello. El olfato y su pariente cercano, el gusto, serían sentidos de proximidad, y el tacto solo operaría a nivel de inmediatez física, casi de interacción de capas atómicas exteriores. Sin embargo, el olfato y el gusto derivan de nuestro cerebro reptil, la parte más primitiva del mismo. Los reptiles son capaces de detectar partículas infinitesimales en el aire merced a su lengua, que es a la vez órgano olfativo y gustativo. Se trataría también, al menos en origen, de un sentido con capacidad de trabajo a distancia. ¿Y el tacto? Numerosos biólogos evolutivos postulan, como posible origen de este sentido la línea lateral de los peces (nuestros antepasados), que avisa a los mismos de las más pequeñas oscilaciones en la presión del agua circundante, como posible indicio de la cercanía de un depredador.

Nos encontramos así con un escenario en el cual todos y cada uno de nuestros sentidos tendrían un carácter originario de detección remota, con concreción en diversas agrupaciones nerviosas, musculares y óseas (sistemas) destinadas a reaccionar ante los estímulos.

Es planteable que en diversos organismos, incluso simples, la posible presencia de tejido protoconsciente descentralizado suponga una ventaja competitiva; y que los principios de economía (básico en la vida natural) y de especialización (básico en la evolución) pudieran favorecer la génesis, establecimiento y permanencia de ese tipo de sistemas.

El fisiólogo español José Enrique Campillo (Cáceres, 1948), Premio Nacional de Investigación, experto en el funcionamiento del cerebro y, más concretamente, de la consciencia, sobre la cual ha publicado varios libros, señala en su última obra La consciencia humana. Las bases biológicas, fisiológicas y culturales de la consciencia (2021) el fracaso de la Ciencia al enfrentarse al problema de la localización de aquella, entendida como el conjunto de fenómenos propios del ser humano que nos sitúan en el mundo y nos hacen preguntarnos quiénes somos, y por nuestro papel en el Universo (cuestión, esta última, que introduce matices de trascendencia).

Hemos dicho fracaso, pero quizás debiéramos decir insuficiencia, posible y probablemente transitoria. Los avances en computación cuántica y la progresiva comprensión de fenómenos complejos y tremendamente ajenos al plano de la física tradicional, como es el caso del entrelazamiento cuántico (la interacción o acción espejo entre partículas drásticamente distanciadas en el espacio, en cierto modo como suele decirse de los gemelos idénticos), hace vislumbrar un futuro halagüeño en este aspecto.

Pero a día de hoy, la cuestión es tan arcana como la relativa a la existencia de un Dios: la Ciencia sencillamente no puede, o no debería, sentenciar de modo taxativo. Siempre será más honorable para un científico decir «no podemos saber si Dios existe» que «no creemos que Dios exista», pues esta última opción derrapa del campo de la Ciencia para caer, precisamente y de modo predeterminista, en el de las suposiciones. Ilegítimo, pues, por partida doble.

Quizás la consciencia sea, como proponen Roger Penrose y Stuart Hameroff en su teoría de la reducción objetiva orquestada3, de aplicación a la consciencia a través de su hipótesis de ubicación de la misma dentro de los microtúbulos, un sistema de computación cuántica que además podría tener -esto es aportación nuestra4– carácter distribuido, en una red difusa, pero en absoluto confusa, de centros cognitivos interconectados con centralidad cerebral pero con un cierto grado de individualidad5 (casi un esquema federal, al menos hasta un determinado nivel, cualitativo o cuantitativo, de requerimientos medioambientales o intrínsecos, a partir de los cuales se cedería el control al sistema nervioso central).

Tradicionalmente se atribuye al sistema nervioso periférico el trabajo de conexión entre lo que ocurre en diversos puntos de nuestro organismo y el cerebro, donde la información es procesada. Lo anterior podría implicar que el corazón, además de otros órganos (caso del estómago, como hemos dicho) que cuentan con neuronas propias, sienten e incluso conocen, y actúan de modo pseudoautónomo, en diferentes órdenes. Un poco al modo de aquel corazón afligido: no solo más o menos condicionado por la genética y el estilo de vida, sino también poseedor y portador de un cierto grado de entendimiento, de conocimiento, y de memoria. La existencia de memoria celular es una evidencia, constatada en los trasplantes cardíacos, donde con cierta frecuencia los receptores de los órganos adquieren hábitos o gustos del donante.

Por otra parte, debe entenderse que cuando hablamos de conocimiento y de memoria orgánica o celular no los estamos formulando en el sentido cerebral, sino que adoptarían sus propios códigos y mecanismos. Es decir: no vamos a resolver ecuaciones con el estómago.

Ahora bien, ¿tiene encaje un esquema de consciencia distribuida en el pensamiento científico actual? Quizás no en el modelo clásico, con su alto nivel de especialización en áreas, aparatos y sistemas. Quizás si en un modelo más flexible, transversal y extendido, que parta de un consideración holística y, por ello y paradójicamente, integradora.

Posiblemente este replanteamiento llegara a dotar de más legitimidad a terapias o formas de acercamiento al dolor hoy denostadas, en mayor o menor grado, como la acupuntura o la teoría de los chacras, por citar algunas.

Retomando e integrando la visión artística del corazón afligido, el cambio de década de los ochenta a los noventa supuso en la Cultura, por herencia de la coyuntura social de la cual es producto (el arte siempre es reflejo de su época), el final de la euforia y el optimismo derivados de la superación de la segunda posguerra mundial y de la Guerra Fría, de la Cultura Pop y de la consolidación del Estado del Bienestar, y de su hijo: el positivismo científico radical. En materia artística, se inauguró un nuevo paisaje de incertidumbre, que no tardaría en buscar respuestas en la filosofía.

Así, los años noventa traerían grandes cambios en el pensamiento occidental, con el afianzamiento de un modelo crítico deconstructivo de origen en la semiótica y que se extendió a los diversos campos de la cultura haciéndonos cuestionar muchas cosas, en la búsqueda de nuevas posibilidades de comprensión racional. Es el vacío asociado al tsunami: la crisis de certeza producto de la ilusión de absoluta certeza.

¿Por qué no admitir este revisionismo en los sistemas científicos, anclados todavía en la Ilustración y el el estructuralismo, esto es: en el positivismo? Esta opción puede inquietar al científico ortodoxo clásico, cómodo en su ecosistema de inmutables teorías, pero debemos recordar una de las grandes enseñanzas del post-estructuralismo y de las corrientes filosóficas finiseculares: la capacidad de deformación, lejos de debilitar a un sistema, lo hace más adaptable y, con ello, más fuerte, en el sentido evolutivo (paradójicamente, la de la Evolución es una de las teorías fundacionales del modelo clásico).

Podemos hablar de un revisionismo o mejor un cuestionamiento, que no cesa desde entonces y que, más allá de la duda metódica, nos hace cuestionarnos la viabilidad del pensamiento débil6, que en no pocas ocasiones acaba provocando, como la gota que desborda la presa, un cambio de paradigma.

Podríamos entonces, y es la intención de este escrito -que reconocemos tremendamente especulativo- plantear la posibilidad de una mirada nueva, que en el fondo es tan antigua como nuestra especie, desde que fuimos capaces de plasmar en la roca, con un poco de pigmento y agua, nuestros anhelos, y de enlazarlos con lo experimentado en la pradera tras sortear un día más a la adversidad, en un proceso de asociaciones entre mundo real y abstracto que ya no se detendría nunca7.

Podríamos tal vez y sencillamente, escuchar a nuestro corazón, a todo nuestro ser, tanto como a nuestro cerebro.


1. Puede visualizarse la obra en la web del artista: https://www.julianschnabel.com/paintings/tarp-paintings-items/the-afflicted-organ

2. En cardiología se llama síndrome del corazón roto o cardiomiopatía de estrés al Síndrome de Takotsubo, descrito por primera vez en Japón en los años 90 del siglo pasado. Con una clínica similar a la del infarto agudo de miocardio (dolor en el pecho y falta de aire) pero sin obstrucción de las arterias coronarias, es desencadenado por un estrés emocional o físico intenso que causa una liberación excesiva de adrenalina. Llega a producir daño transitorio en el corazón de algunas personas, pudiendo darse a cualquier edad y, a diferencia del infarto, sin factores de riesgo.

3. Esta teoría cuenta con fervorosos defensores y encendidos detractores, y ciertamente encuentra su ventana de posibilidad justamente en el terreno en que resulta más difícil la validación o la refutación de su núcleo central: una relación entre neurociencia y física (más exactamente en la frontera, tan sugerente como espinosa, entre neurofisiología y gravedad cuántica) que parte de la suposición de la existencia de fenómenos cuánticos en el interior de las neuronas, lo que a día de hoy y con los conocimientos de que disponemos, no puede ser categóricamente confirmado ni descartado. Formulado de modo groseramente sencillo, Penrose sugiere que a escala infinitesimal se producen particularidades (discreción y colapso) en el espacio-tiempo análogas -en su singularidad, no en su naturaleza ni, lógicamente, en su magnitud- a las que se dan a escala cósmica (continuidad y curvatura, entre otras), y que la existencia de estos fenómenos en los microtúbulos neuronales podría ser el origen de la consciencia y de la toma de decisiones no computacional.

4. La alusión a la teoría de Penrose y Hameroff no tiene aquí un sentido de aval científico, sino expositivo de cómo es posible plantear, en este caso desde la posición de un nobel, posibilidades inéditas de acercamiento a un fenómeno tan escurridizo como el de la consciencia humana.

5. Este planteamiento enlaza, en la psicopedagogía, con la teoría de la cognición distribuida. La idea fundamental es que el procesamiento de información que se realiza a escala humana no es un fenómeno exclusivamente individual, mental o interno. La cognición humana está anclada en el contexto social y cultural en el que ocurre, y por eso el funcionamiento cognitivo no debe considerarse en términos de consciencia individual sino distribuido en el entorno de herramientas y agentes sociales intervinientes.

El aprendizaje colaborativo del saber científico en contextos educativos y la construcción del saber ordinario en la interacción cotidiana son procesos fenomenológicamente comparables, que deparan sendos corpus de conocimiento: el del saber científico y el del sentido común.

Sin embargo, en toda acción instructora (educativa) tradicional hay una voluntad de reemplazar la comprensión intuitiva de la realidad por la inteligibilidad científica. Esto destierra cualidades intrínsecas del ser humano como la intuición y, por definición, todo lo relacionado con el plano emotivo, que sí encontraría acomodo en el bloque del sentido común o conocimiento social, en el cual surgen las expresiones de tipo netamente anímico-empíricas que pusimos como ejemplos al principio (el dolor de corazón y otras). Y si el plano emotivo cuenta con escasa validación en el terreno de la Ciencia, no hay duda de que cualquier intento de teorizar sobre las cualidades protoconscientes del cuerpo humano (lo que podríamos denominar teoría de la consciencia descentralizada) estará, a día de hoy, abocado al descrédito, cuando no al fracaso.

6. Según Gianni Vattimo, frente a una lógica férrea y unívoca, el pensamiento débil es la necesidad de dar libre curso a la interpretación. Así, y como ejemplos, frente a una concepción de la cultura basada en un occidentalismo etnocéntrico, plantear una visión global de las culturas; frente a una política monolítica y vertical, apoyar a los movimientos asociativos transversales; frente al elitismo de la vanguardia artística, la puesta en valor del arte popular.

7. La génesis de la consciencia propia y existencial, así esbozada, tendría un carácter de alteración beneficiosa establecida y perpetuada, plenamente evolucionista.

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2 comentarios sobre “El órgano afligido

  1. Muy interesante artículo que, lo que es a mí, me ha llevado a las siguientes reflexiones:
    en primer lugar el corazón com parte, o como albergue de partes, del sistema neurológico. No sé mucho sobre el asunto… pero no sería algo totalmente rompedor, pues es sabido que los pulpos tienen varios cerebros o, mejor dicho, varios centros neuronales distintos al cerebro. Tan es así que miembros amputados de estos animales pueden seguri ejerciendo funciones neuronales tras separarse del cuerpo. Increible ¿no?
    En segundo lugar, y volviendo al pulpo, se dice que tienen conciencia de sí mismos…y ¿qué es la conciencia? pues algunos avances nuevos la fijan en el campo electromagnético del cerebro…sería la «cosa» responsable de autoconciencia, nuestra voluntad…

    y, por último: sí…científicamente es más acertado decir «no hay constancia de que exista» que «no creo que exista pero -por lo menos para mí- si tengo una certeza: que no tiene, si es que existiera un ente que pudiera llamarse «dios»- nada que ver con los diversos libros sagrados de la Tierra. Y eso es otra porque…¿estamos solos en el universo o no?
    Y en fin, sí…es la tendencia actual -no lo digo por ser de letras y, por tanto, «parte interesada»: se tiende a un racionalismo mal entendido… una sobreespecialización que conlleva a no plantearse, a no reflexionar. En suma: las cosas son como son: positivismo. Pero las cosas son como son ahora. Que quien sabe mañana; y mañana los valores podrían ser muy feos: mala cosa si no los cuestionamos.
    Para terminar….artículo interesante que te hace plantearte cosas

  2. Me ha hecho reflexionar, pero sobre todo saber que el corazón tiene cierto grado de entendimiento, de conocimiento, y de memoria,me han impresionado. Y no he podido evitar, que venga a mi memoria Simonet, con » Y tenía corazón»

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