Una humanidad sin noticias

Una humanidad sin noticias

Soy hijo de periodista. Esto hizo que me acostumbrara desde mi más tierna infancia al soniquete de los telediarios o el informativo radiofónico (“el parte” que decía mi abuelo). También a tener como mínimo un periódico en casa y a ver a mis padres leerlos con semblante de culto. Crecer en este ambiente hizo míos esos hábitos. Y con pocos años ponía el oído con interés en los informativos y hojeaba con curiosidad las páginas del periódico.

Estos hábitos, los mantengo hasta la actualidad. Viviendo con un cierto grado de nostalgia el cambio del papel impreso a la Tablet, y del informativo “en punto” a la posibilidad de verlo/oírlo en diferido. Y tras esta experiencia vital, me atrevo a afirmar que no deben quedar noticias por dar, o no se quieren dar. O al menos esa es la sensación que me queda cuando me acerco a la televisión, la radio o la prensa.

La actualidad de los medios de comunicación pasa por la pandemia, los dimes y diretes de los políticos de turno, y una serie de noticias de flojo contenido con titulares que sólo buscan sumar clics. Y tengo la certeza de que el motivo no es que las nuevas generaciones de periodistas sean menos válidas. El problema está en las redes sociales, y en la forma en la que han conseguido vendernos la información.

Y es que las redes sociales se crearon para conectar personas y para conversaciones breves, con poca enjundia. Pero cuando detrás de ellas se encuentran grandes empresas, el factor económico prevalece por encima de otros. Dicho de otro modo, son un negocio. Y se dieron cuenta de que la mejor forma para que sus millones de usuarios digirieran la información son noticias breves, sin detalles, fomentando la pereza general, la propaganda barata y la desinformación. Cada vez se busca más el titular de sencilla interpretación, que la noticia de calidad, bien trabajada, contrastada y documentada.

Los periodistas del siglo XXI tienen frente a sí mismos un reto a la vez apasionante y complicado. No dejarse llevar por los cánones impuestos por las redes sociales. Nadar contracorriente, nadar a la corriente de un periodismo de calidad, que aporte valor y cree opinión. Y la sociedad, los lectores, debemos buscar esa calidad que nos permita pensar por nosotros mismos, tener nuestra propia opinión.

Sin opinión, una sociedad va a la deriva. A los cantos de sirena en forma de píldoras informativas sesgadas para que opinemos lo que otros quieren, al aborregamiento más primario.

Fuente: El Español.

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